Hace dos semanas, CJ y yo nos montamos en un AVE en el último minuto y menos de 3 horas más tarde y una película bastante divertida, aparecimos en la estación de Sants. Comenzaba así nuestro fin de semana de turisteo y buena compañía en Barcelona.
Yo, que desde la adolescencia hago visitas periódicas a mis amigas barcelonesas, ya me conozco gran parte de la ciudad, o al menos, lo básico, así que tenía una ruta preparada para que CJ disfrutase de su primera visita a la Ciudad Condal.
Comenzamos nuestra ruta en Las Ramblas, donde pudimos ver la famosa (y pequeña) fuente de Canaletas, el ambiente de la calle, los guiris comprando recuerdos, los puestos de flores... y por supuesto, el Mercado de la Boquería. Paseamos junto a Colón y vimos a todos sus leones, vimos el puerto y nos acercamos al Acuario a través del MareMagnum. Caminamos tranquilamente junto a la playa hasta llegar al puerto olímpico y comimos en una terraza del barrio de la Barceloneta... A esas alturas del día, yo ya había conseguido un tono rojo radiactivo en la frente y la nariz que me acompañaría el resto del fin de semana.
Por la tarde... Visitamos la joya de la Corona, el Barrio Gótico, la Catedral y Santa María del Mar, las calles de la Barcelona medieval, con todo el peso que la Corona de Aragón le dio a la historia de la ciudad.
El domingo nos zambullimos en la Barcelona modernista, que, con Gaudí a la cabeza, nos presentó un Parque de Ensueño (el parque Güell) y una catedral de otro mundo (la Sagrada Familia).
Y felices y colorados, volvimos a Madrid, cansados y relajados al mismo tiempo. Barcelona... ¡Volveremos!



